Entrar en una habitación a oscuras, sin guías ni ayudas. No es fácil, por supuesto que no lo es... pero lo haces, y sin querer. Hacía demasiado tiempo que no entrabas, demasiado... tiempo... ¿qué significa esa expresión para ti? Para mi un todo que mi pensamiento no alcanza a abarcar ni a entender.
No quiero entrar, no quiero salir, no puedo moverme, el pánico terrible que siento y noto palpitante en el centro exacto de mi alma, si es que tengo una... si es que no está totalmente corrupta.
Solo tiemblo, esa habitación llevaba mucho tiempo cerrada, a cal y canto, a traición y sin completar unos procesos que necesita, unos rituales expuestos a gente sin valores que me critica y me juzga por ser quien no soy, y por querer serlo sin apenas pensar en ello.
¿Qué ha dentro? no lo recuerdo con claridad... a mi cabeza acuden incesantes oleadas de terror, de malos momentos, de cuchillas oxidadas y de mazos de madera maciza adornada con mi sangre reseca y restos de mis huesos. No puedo ver nada, solo tengo una presencia abstracta que creo que es mi enlace al mundo que estaba fuera, en el que estaba segura, a una habitación en las tinieblas de mi ciudad mojada, solo se podía ver el incesante baile de cuerpos y dedos jugando a ser dioses, a comprenderse y a hacer vibrar de pura e incesante angustia vital por comprenderse... fluidos en género e insaciantes de unas verdades que nos gustan, apagándose casi inmediatamente con el beso cálido que revela otro tipo de verdades, otras que no gustan tanto.
Me siento rota, tras mucho tiempo siendo la persona fuerte a la que le gustaba jugar al despiste con esa llave que abre la puerta... que ahora me persigue sin parar, sin dejarme descansar, sin dejarme que me prepare del todo. Y como no, la abro, inesperadamente, desesperadamente, por motivos que escapan de todo a mi raciocinio científico que de tantas y tantas situaciones extrañas me ha sacado, por querer... por amar.
Y me doy de narices con mi realidad, una realidad cargada de un oscurantismo y un dramatismo dignos de cualquier dramaturgo que desea beber a través del vaso de su personaje plagado de dudas misterios y alcohol. Y aquí estoy, abriendo la puerta que me conduce a mi habitación de los horrores, a mi mar de kaos. No se que hacer, no quiero pensar en qué hacer o evitar...
Pronto se enciende la luz, y me encuentro a mi misma reflejada en un espejo, demacrada por el paso del tiempo indomable que se ríe de mi insolentemente a cada paso que doy, y siento rabia, siento furia, pero no puedo moverme por lo paralizada que me encuentro. Sólo quiero alargar mis temblorosas manos que cuelgan de mis tiritantes brazos y sujetarla por el cuello, a ella, a él, a los dos monstruos que se ocultan detrás de ese espejo roto y caduco que se alza delante de mi.
Me miran, me están mirando los dos, desnudándome incansables de hacerme sufrir, y me muestran las cicatrices, no recordaba tantas, no recordaba menos de las que hay... y las señalan, las desgarran de nuevo dejándome tirada en un charco de sangre y recuerdos en blanco y negro, lo dantesco carece de sentido para mi, no hay cosas lúgubres o turbias en mi vida, porque ya os tengo a vosotros malditos hijos de puta.
Estás rota, estas mojada e inservible.
Estás sola, cansada y no dormirás jamás en otros brazos que no sean los nuestros.
Y apareces, tú.
Maldito tu, maldita yo, maldito yo y maldita tu.
Y lames mis heridas, y coses mis heridas, poco a poco, a mi ritmo y a mi deseo.
Levantas mi mirada del suelo manchado con mi propia sangre y me enseñas a sonreir de nuevo, de manera inseperada, de manera inocente, de manera sutil y egocéntrica.
Recoges los pedazos de mi realidad distorsionada por espejos de mi vida, y los rompes a ellos, los sometes, te dejas someter a mi vulgaridad y a mi rabia... solo por verme sonreir y levantarme.
Acaricias mi pelo y apagas mi fuego interno corrupto por la violencia a la que me someto a mi misma por vergüenza. Y no sé pagarte, no puedo imaginar que podría darte, que puedo ofrecerte además de mi propia existencia, y de mis miedos, de mis desapegos y de mis vacilaciones y dudas... no sé que darte, y te lo doy todo... y lo besas, y lo cuidas como si mi oscuridad fuera lo mas precioso que has visto, y algo que merece cariño y no desdicha y risas, ni medicaciones ni consultas, ni dices que es culpa mia... que yo me lo busco, o que me lo he buscado.
Y al final la fiera en la que me había convertido desaparece detrás de una mano que me sujeta con fuerza por una muñeca obligándome y sometiéndome, y de otra que me acaricia el pelo con reverencia, y se desliza detrás de mi nuca buscándome una reacción que no me cuesta nada en darte.
Y ahora, aquí estamos, parados delante el uno del otro, mirándonos a los ojos, y con los dos seres mas abominables a nuestra espalda, nuestro yo, nuestra yo... malditos.
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