sábado, 21 de enero de 2017

Espejismos opacos de cristal.

Entrar en una habitación a oscuras, sin guías ni ayudas. No es fácil, por supuesto que no lo es... pero lo haces, y sin querer. Hacía demasiado tiempo que no entrabas, demasiado... tiempo... ¿qué significa esa expresión para ti? Para mi un todo que mi pensamiento no alcanza a abarcar ni a entender.
No quiero entrar, no quiero salir, no puedo moverme, el pánico terrible que siento y noto palpitante en el centro exacto de mi alma, si es que tengo una... si es que no está totalmente corrupta.
Solo tiemblo, esa habitación llevaba mucho tiempo cerrada, a cal y canto, a traición y sin completar unos procesos que necesita, unos rituales expuestos a gente sin valores que me critica y me juzga por ser quien no soy, y por querer serlo sin apenas pensar en ello.
¿Qué ha dentro? no lo recuerdo con claridad... a mi cabeza acuden incesantes oleadas de terror, de malos momentos, de cuchillas oxidadas y de mazos de madera maciza adornada con mi sangre reseca y restos de mis huesos. No puedo ver nada, solo tengo una presencia abstracta que creo que es mi enlace al mundo que estaba fuera, en el que estaba segura, a una habitación en las tinieblas de mi ciudad mojada, solo se podía ver el incesante baile de cuerpos y dedos jugando a ser dioses, a comprenderse y a hacer vibrar de pura e incesante angustia vital por comprenderse... fluidos en género e insaciantes de unas verdades que nos gustan, apagándose casi inmediatamente con el beso cálido que revela otro tipo de verdades, otras que no gustan tanto.
Me siento rota, tras mucho tiempo siendo la persona fuerte a la que le gustaba jugar al despiste con esa llave que abre la puerta... que ahora me persigue sin parar, sin dejarme descansar, sin dejarme que me prepare del todo. Y como no, la abro, inesperadamente, desesperadamente, por motivos que escapan de todo a mi raciocinio científico que de tantas y tantas situaciones extrañas me ha sacado, por querer... por amar.
Y me doy de narices con mi realidad, una realidad cargada de un oscurantismo y un dramatismo dignos de cualquier dramaturgo que desea beber a través del vaso de su personaje plagado de dudas misterios y alcohol. Y aquí estoy, abriendo la puerta que me conduce a mi habitación de los horrores, a mi mar de kaos. No se que hacer, no quiero pensar en qué hacer o evitar...
Pronto se enciende la luz, y me encuentro a mi misma reflejada en un espejo, demacrada por el paso del tiempo indomable que se ríe de mi insolentemente a cada paso que doy, y siento rabia, siento furia, pero no puedo moverme por lo paralizada que me encuentro. Sólo quiero alargar mis temblorosas manos que cuelgan de mis tiritantes brazos y sujetarla por el cuello, a ella, a él, a los dos monstruos que se ocultan detrás de ese espejo roto y caduco que se alza delante de mi.
Me miran, me están mirando los dos, desnudándome incansables de hacerme sufrir, y me muestran las cicatrices, no recordaba tantas, no recordaba menos de las que hay... y las señalan, las desgarran de nuevo dejándome tirada en un charco de sangre y recuerdos en blanco y negro, lo dantesco carece de sentido para mi, no hay cosas lúgubres o turbias en mi vida, porque ya os tengo a vosotros malditos hijos de puta.
Estás rota, estas mojada e inservible.
Estás sola, cansada y no dormirás jamás en otros brazos que no sean los nuestros.


Y apareces, tú.
Maldito tu, maldita yo, maldito yo y maldita tu.
Y lames mis heridas, y coses mis heridas, poco a poco, a mi ritmo y a mi deseo.
Levantas mi mirada del suelo manchado con mi propia sangre y me enseñas a sonreir de nuevo, de manera inseperada, de manera inocente, de manera sutil y egocéntrica.
Recoges los pedazos de mi realidad distorsionada por espejos de mi vida, y los rompes a ellos, los sometes, te dejas someter a mi vulgaridad y a mi rabia... solo por verme sonreir y levantarme.
Acaricias mi pelo y apagas mi fuego interno corrupto por la violencia a la que me someto a mi misma por vergüenza. Y no sé pagarte, no puedo imaginar que podría darte, que puedo ofrecerte además de mi propia existencia, y de mis miedos, de mis desapegos y de mis vacilaciones y dudas... no sé que darte, y te lo doy todo... y lo besas, y lo cuidas como si mi oscuridad fuera lo mas precioso que has visto, y algo que merece cariño y no desdicha y risas, ni medicaciones ni consultas, ni dices que es culpa mia... que yo me lo busco, o que me lo he buscado.
Y al final la fiera en la que me había convertido desaparece detrás de una mano que me sujeta con fuerza por una muñeca obligándome y sometiéndome, y de otra que me acaricia el pelo con reverencia, y se desliza detrás de mi nuca buscándome una reacción que no me cuesta nada en darte.

Y ahora, aquí estamos, parados delante el uno del otro, mirándonos a los ojos, y con los dos seres mas abominables a nuestra espalda, nuestro yo, nuestra yo... malditos.

miércoles, 25 de julio de 2012

Sumergido.

El portazo sonó, con ruido de madera que ha visto demasiadas cosas, pero se sabe guardiana de secretos inconfesables de esa casa que vigila. 
Los dos pares de zapatos se traspapelaron como cartas en mi baraja de póker, ya desvencijada por el uso masivo y abusivo de mis manos tramposas.
Una mano removió el pelo ajeno como propio, sacudiendo el agua sobrante de la lluvia que les acababa de caer, tanto al dueño de la mano, como a la portadora del pelo empapado que se negaba a secar con aquella caricia.

La caída sorda de su cuerpo en el sofá se hizo patente, un sonido femenino, que remarcaba la ausencia de energía y el profundo pesimismo que causaba aquella tarde de lluvia. Los pies descolgados, la mano caída del sofá, en la cual apareció una copa de cristal pulido con el veneno color escarlata oscuro que remoloneaba y jugueteaba a derramarse.
Se deslizó la ropa por la espalda masculina, seguida de una mano que deseaba fundir su esencia con la piel descubierta, y completada por un escalofrío como respuesta a esa caricia perversa.

La ventana les abría las empapadas mentes al mundo que se estaba mojando continua pero lentamente, frente a sus ojos, la amplitud de una ciudad pequeña que revela a cada paso matices aún por descubrir en hombres y mujeres de a pié, que obsesionados con esquivar sus pequeños charcos de humillaciones personales, no levantan la vista y se dejan limpiar por una sola gota de lluvia.
Y todo estaba visto, observado y estudiado por cuatro ojos que ahora se esquivaban entre ellos, como siempre hicieron, aunque algunas veces mantuvieron una mirada que deslumbra. Risas entremezcladas de comentarios tentadores y bromas pendencieras, que avivan el roce y las ganas de tener un milímetro mas de contacto con la otra piel.

En un momento, en un solo instante, las gotas se ralentizan en el aire, formando una pared de pequeños ladrillos acuáticos, que indican el hundimiento, la inmersión, el descenso a algo mas profundo que una simple escena, y una acaba enseñando a otro su mar interno, el profundo mar mental que a penas ha enseñado, pero que ahora está visible... y se zambullen juntos, sin esas cargas textiles que se hacen llamar ropa, solo ellos.

Flotar sin hacerlo, la suspensión de un cuerpo junto al otro pudiendo respirar al mismo tempo,  que mas que una sensación se convierte en un estado, y se descubren los miedos, los problemas, las mentiras, y se van, y se alejan de dos cuerpos que en un día de lluvia se acaban convirtiendo en una misma conciencia, sin saber del tiempo, sin saber del aire, sin saber de la propia presencia... pero conscientes de la esencia del otro, y ávidos de ser persona o de ser algo, beben del otro como si siempre hubiera sido así, ya que siempre debería haber sido asi.

domingo, 13 de mayo de 2012

Soledad, maldito lobo.

-¿Porqué te dedicas a esto? ¿Porqué lo haces si acabas apaleada y llorando?
+Porque siento que nací para eso, para cuidar a las personas, para darles lo mejor de mí misma.
-¿Y que hay de ti? ¿Quién te cuida a ti? ¿Quién te da lo mejor de si mismo?

Maldita soledad...
Maldito lobo amaestrado que te representa, acurrucado a los pies de mi cama, viilándome  mientras duermo.
Manso si te dejas llevar por su mirada... pero aún así resquema, abrasa y hiela al mismo tiempo... acaba doliendo mas que una pérdida o un sueño de compañía.


Unas manos... nerviosas e inquietas, que nunca se están paradas... con dedos largos y juguetones que aparten mi flequillo de mis ojos cuando no quiera ver...

Unos ojos... que huyan de los míos cuando los pillo mirándome... que no me dejen indiferente nunca y que quiera mirar para ellos eternamente.

Unos labios... que sean alegres, que se escondan detrás de los dientes cuando se pongan nerviosos ante mi mirada, y que se relajen cuando mi dedo índice les acaricia, que me besen la cabeza y la frente a cada instante, y que encajen en mis labios.

Un pecho... palpitante, cómodo y caliente... que me deje reposar mis ideas en él, que me ofrezca apoyo cuando esté triste, que oculte mi vergüenza cuando me pase algo antes de que las manos intercedan... para dormir mis mejores noches en él.

Una voz... que me relaje, pero si susurra me ponga nerviosa... que arañe cada milímetro de mi mente cuando se dirija a mi, y que diga palabras que me hagan sentir, lo que yo ya me he imaginado.




El tiempo...
                     La distancia cercana....
                                                           El miedo...
                                                                                Los lobos...
                                                                                                        Mi soledad...

lunes, 7 de noviembre de 2011

Hueles.

Todavía, sin embargo, quizás, aún así...

Me da igual, no me importa, no debo, quiero...

Imposibles posibles en marcos externos a donde me enmarcan, 
en fotos de blanco y negro que revelan colores,
en situaciones de colores que se recuerdan en blanco y negro...

Hueles, dueles, siempre, nunca, quizás, aun así...

Violín y piano, banda sonora insonorizada por manos indignas que ocultan mis pareceres en sus propios sonidos.
Sueño e insomnio, placeres infructuosos que atormentan mis ojos ante la pérdida al fin del mismo universo...

En cada poro, en cada sonido, en cada pestañeo, un mar azul verdoso en el que... quizás quiera querer, no debiendo, estar.

Algún día, mis marcos estallarán ante una imagen de mi misma que no se encuadre donde estoy ahora.
Desafiándome a mi misma, podré empezar a ganar mis batallas, desafiándome, ganaré esta batalla.

Y ahora es cuando cae el telón, un inmenso telón rojo que oculta un olor, que oculta un dolor, que oculta una distancia sin distancia que en su afán por separar, junta. 

sábado, 5 de noviembre de 2011

Un Nirvana.

Y vi un Nirvana de letras y palabras saliendo
de la quimera que es su boca.
Letras inmensas, palabras subyugantes que atontan mi mente
haciéndola débil en su afán por continúar un rumbo que ya no se cual es.



Y presencié un Nirvana de colores y luces
de los chispazos de dos miradas.
Colores que no se apagan, colores que permanecen,
impretérritos en un tiempo que quizás no sea el mio.



Sólo se, que estuve una vez en ese Nirvana
y ahora, solo necesito un mordisco mas a esa manzana prohibida que
un dia probé, me gustó, me enganchó... y ahora... quién sabe... quizás no este tan prohibida.

domingo, 2 de octubre de 2011

Así como de la nada.

Palabras que por si mismas cuentan historias,
historias que se reinventan,
inventos frustrados de gestos mutilados por vergüenza,
vergüenza que me avergüenza sin motivos,
dedos agiles sobre pieles imperfectas,
que en la imperfección de lo perfecto,
acaban siento hermosas.
Secretos de color blanco negro y rojo,
de texturas prohibidas que mis uñas rescatan a tiras de un sueño que a veces es realidad,
y a veces en vez de uñas usaba parpadeos y miradas,
para acariciar con suavidad y sin molestar deseos que se acabaran convirtiendo en una parte mas de mi mundo.

lunes, 8 de agosto de 2011

Un recuerdo, una gota de lluvia.


Llovía, un ligero manto de color cristalino, pero a la vez veteado con profundas nubes de colores tenebrosos que agitan el alma, hacía de las calles una trampa deslizante para sus zapatos negros. Mantenía el paso firme, pisadas lentas, pues ya no tenía prisa alguna, pero aún así seguras, cada paso, soportaba el peso íntegro de él, una figura negra, una esbelta figura negra que paseaba bajo la lluvia de aquel día de difuntos, dónde él parecía el primero de ellos regresado a la vida, como bien decía el párroco que ofició aquella triste y lamentable ceremonia.

No le importaban las gotas que le mojaban el pelo, ni la cara, ni el abrigo largo que portaban sus hombros ya cansados, ni los pantalones de pinza ya arrugados. Se deleitaba con cada gota, sentía cada gota, y con cada una de ellas un rincón más de su ya empapada alma se mojaba aún mas. Una mano metida en el bolsillo izquierdo, la otra se balanceaba lentamente, con parsimonia de adelante hacia atrás, en un movimiento pendular casi arrogante, como el tiempo que pasaba en su reloj de mano, el cual se empeñaba en pasar lentamente, tan despacio que hasta su medidor se paró de la angustia de su irreverencia, enfundada en un guante negro con el puño cerrado, aferrando algo de plata que bailaba en el aire ágilmente, prácticamente era lo único que se atrevía a romper el tempo de la escena.

Las calles se mostraban obstinadas en querer hacer resbalar a ese hombre, que desafiaba a la lluvia mirándola caer en el infinito de una mirada que ya no era la suya, con ojos agotados, remarcados por ojeras de varios días de insomnio causado, el mentón rasurado denotaba un aura de poder, de desafío ya vacío de significado. A su alrededor todo parecía mas riguroso, demasiado solemne, él era la lluvia, él era un vago recuerdo.

Se entremezcló con un desfile de paraguas, de cuyas puntas surgían regueros de agua, cristalina y helada, que empeñadas en seguir corriendo en su libidinoso afán por llegar a la suave tierra, se mezclaban con la ya empapada chaqueta de él.  Se dirigió al parque, a ese parque, su parque, el de él, y el de ella también. Se sentó en un banco ya roto y oxidado, por el cual las gotas de agua jugaban con a remarcar los reposabrazos y los pies de metal quejumbroso, con la cabeza alta, escuchando la lluvia rozar contra los troncos de los árboles, deslizándose por las cortezas rugosas y goteando de las ramas desnudas que coronaban aquel parque de recuerdos y olvidos. Las palomas se cobijaban en grupos, quién fuera ave, para que las gotas que lo empapaban resbalaran por su chaqueta sin mojarlo, sin empapar su alma, el recuerdo, su recuerdo, el de ella.
Y a su espalda, sonó una voz, un susurro de labios rotos, que él sintió en su nuca como el halito helado de la muerte. -¿Dónde estás?. Una frase que se repitió en su mente con eco, con un eco hermoso, casi tan cristalino como las gotas de lluvia que rebotaban juguetonas a su alrededor.
Él agachó la cabeza lentamente, con la parsimonia heredada del balanceo de la mano derecha que ahora se entrecruzaba con la izquierda, sosteniendo en el medio aquel collar de plata que sostenía. Cerró los ojos, y la recordó, recordó las noches de invierno en que discutían por quién apagaría antes el ordenador, dejaría de escribir, y se acomodaría en el sofá, aquel rincón en que habían disfrutado de tantas películas, de tantos momentos únicos, recordó aquella alfombra negra y blanca que adornaba el suelo, el tacto de la alfombra en el costado desnudo mientras una mano acariciaba aquel recuerdo ahora tan doloroso, mientras en la boca sentía la esencia del deseo. Ya no estaba, y ahora, a él sólo le quedaba el recuerdo de aquellas noches, en las que ebrios de alcohol y pasión, se quedaban dormidos en la terraza contemplando la luna sin mas abrigo que el de la piel del otro.
Y en ese preciso instante, entreabrió los labios, y soltó un suspiro cansado y agotado, largo y doloroso, el último de un día de difuntos cualquiera. Y mientras, en la lejanía, solo se oía el murmullo de la lluvia, el murmullo de la soledad de un recuerdo.