lunes, 8 de agosto de 2011

Un recuerdo, una gota de lluvia.


Llovía, un ligero manto de color cristalino, pero a la vez veteado con profundas nubes de colores tenebrosos que agitan el alma, hacía de las calles una trampa deslizante para sus zapatos negros. Mantenía el paso firme, pisadas lentas, pues ya no tenía prisa alguna, pero aún así seguras, cada paso, soportaba el peso íntegro de él, una figura negra, una esbelta figura negra que paseaba bajo la lluvia de aquel día de difuntos, dónde él parecía el primero de ellos regresado a la vida, como bien decía el párroco que ofició aquella triste y lamentable ceremonia.

No le importaban las gotas que le mojaban el pelo, ni la cara, ni el abrigo largo que portaban sus hombros ya cansados, ni los pantalones de pinza ya arrugados. Se deleitaba con cada gota, sentía cada gota, y con cada una de ellas un rincón más de su ya empapada alma se mojaba aún mas. Una mano metida en el bolsillo izquierdo, la otra se balanceaba lentamente, con parsimonia de adelante hacia atrás, en un movimiento pendular casi arrogante, como el tiempo que pasaba en su reloj de mano, el cual se empeñaba en pasar lentamente, tan despacio que hasta su medidor se paró de la angustia de su irreverencia, enfundada en un guante negro con el puño cerrado, aferrando algo de plata que bailaba en el aire ágilmente, prácticamente era lo único que se atrevía a romper el tempo de la escena.

Las calles se mostraban obstinadas en querer hacer resbalar a ese hombre, que desafiaba a la lluvia mirándola caer en el infinito de una mirada que ya no era la suya, con ojos agotados, remarcados por ojeras de varios días de insomnio causado, el mentón rasurado denotaba un aura de poder, de desafío ya vacío de significado. A su alrededor todo parecía mas riguroso, demasiado solemne, él era la lluvia, él era un vago recuerdo.

Se entremezcló con un desfile de paraguas, de cuyas puntas surgían regueros de agua, cristalina y helada, que empeñadas en seguir corriendo en su libidinoso afán por llegar a la suave tierra, se mezclaban con la ya empapada chaqueta de él.  Se dirigió al parque, a ese parque, su parque, el de él, y el de ella también. Se sentó en un banco ya roto y oxidado, por el cual las gotas de agua jugaban con a remarcar los reposabrazos y los pies de metal quejumbroso, con la cabeza alta, escuchando la lluvia rozar contra los troncos de los árboles, deslizándose por las cortezas rugosas y goteando de las ramas desnudas que coronaban aquel parque de recuerdos y olvidos. Las palomas se cobijaban en grupos, quién fuera ave, para que las gotas que lo empapaban resbalaran por su chaqueta sin mojarlo, sin empapar su alma, el recuerdo, su recuerdo, el de ella.
Y a su espalda, sonó una voz, un susurro de labios rotos, que él sintió en su nuca como el halito helado de la muerte. -¿Dónde estás?. Una frase que se repitió en su mente con eco, con un eco hermoso, casi tan cristalino como las gotas de lluvia que rebotaban juguetonas a su alrededor.
Él agachó la cabeza lentamente, con la parsimonia heredada del balanceo de la mano derecha que ahora se entrecruzaba con la izquierda, sosteniendo en el medio aquel collar de plata que sostenía. Cerró los ojos, y la recordó, recordó las noches de invierno en que discutían por quién apagaría antes el ordenador, dejaría de escribir, y se acomodaría en el sofá, aquel rincón en que habían disfrutado de tantas películas, de tantos momentos únicos, recordó aquella alfombra negra y blanca que adornaba el suelo, el tacto de la alfombra en el costado desnudo mientras una mano acariciaba aquel recuerdo ahora tan doloroso, mientras en la boca sentía la esencia del deseo. Ya no estaba, y ahora, a él sólo le quedaba el recuerdo de aquellas noches, en las que ebrios de alcohol y pasión, se quedaban dormidos en la terraza contemplando la luna sin mas abrigo que el de la piel del otro.
Y en ese preciso instante, entreabrió los labios, y soltó un suspiro cansado y agotado, largo y doloroso, el último de un día de difuntos cualquiera. Y mientras, en la lejanía, solo se oía el murmullo de la lluvia, el murmullo de la soledad de un recuerdo.

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